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El Dios de los cristianos no es simplemente un Dios autor de la verdades matemáticas o del orden de los elementos como el dios de los paganos y los epicúreos. Tampoco es Él meramente un Dios que dispone providencialmente de la vida y las fortunas de los hombres, para coronar a quienes lo adoran con una vida larga y feliz. Tal fue la herencia de los judíos. Pero el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de los cristianos, es un Dios de amor y consuelo, un Dios que llena sus almas y corazones de quienes le pertenecen, Un Dios que los hace sentir su miseria interior y Su infinita misericordia, quien se une a lo íntimo de sus espíritus llenándolos de humildad y gozo, confianza y amor, haciéndolos incapaces de llegar a otro destino que Él mismo.
Aquellos que buscan a Dios aparte de Jesucristo, que se apoyan en la naturaleza, o no encuentran una luz que los satisfaga o se forman una manera de conocer a Dios y servirle sin un Mediador. De esa manera caen en el ateísmo o en el deísmo, dos cosas que la religión cristiana aborrece casi por igual.
El Dios de los cristianos es un Dios que hace que el alma perciba que Él es su único bien, que su descanso está sólo en Él, que su único gozo es amarlo; que al mismo tiempo le hace aborrecer los obstáculos que le impiden amarlo con todas sus fuerzas. Le son insoportables sus dos impedimentos: el egoísmo y la lujuria. Este Dios le hace percibir que la raíz del egoísmo la destruye y que sólo Él puede sanarla.
El conocimiento de Dios sin reconocer nuestra miseria, crea el orgullo. El conocimiento de nuestra miseria sin conocer a Dios, crea la desesperanza. El conocimiento de Cristo está en medio del camino, porque en Él nos encontramos tanto con Dios como con nuestra miseria.
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Pensees, trans. Kegan Paul, in The Book of Jesus,
© Calvin Miller (New York: Simon and Schuster, 1996)
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