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A: La mejor manera de hacerlo no es intentando reformarnos, sino adorando al Salvador. La victoria sobre nuestra naturaleza pecaminosa se consigue con la adoración. Mientras adoramos al Cristo entronizado en nuestro interior, no podemos ser absorbidos por preocupaciones negativas con el pecado. La reglas, en lugar de limitar nuestro pecado, lo definen, fijan nuestra mirada en él y nos conducen a desearlo. En cambio, la adoración desvía todo nuestro interés del pecado, dirigiendo nuestras mentes y corazones en una dirección completamente distinta.
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